Uno no se aleja porque quiere, se aleja porque lo alejan, porque lo ignoran, porque no le dan su lugar, porque lo lastiman… Uno se aleja porque antes ya lo intentó todo.
Detrás de cada distancia hay una historia que nadie vio completa.
La gente suele juzgar el silencio, la retirada, la ausencia; pero pocos saben lo que costó llegar a ese punto.
Alejarse no es un acto impulsivo, es el resultado de demasiados intentos fallidos, de palabras no escuchadas, de gestos que se desgastaron en el aire sin encontrar eco.
Es una despedida que se fue escribiendo lentamente, a base de decepciones pequeñas, de esperas eternas y de promesas que se rompieron sin ruido.
Uno no se aleja de un día para otro.
Primero se queda un poco más, aunque duela.
Luego se convence de que tal vez exagera, de que las cosas mejorarán.
Pone excusas, justifica silencios, se convence de que el cariño sigue ahí aunque ya no se note.
Hasta que llega un momento en el que la realidad se impone: el lugar que antes era refugio ya no es hogar, y quedarse se vuelve más doloroso que irse.
Y es entonces cuando uno se va… no con rabia, sino con tristeza.
No porque quiera borrar, sino porque ya no puede sostener lo que se desmoronó hace tiempo.
Alejarse, a veces, es la única forma de conservar la paz que quedó en pedazos.
Es elegir no seguir pidiendo atención donde solo hay indiferencia, no seguir tocando puertas que ya nadie quiere abrir.
Duele alejarse, claro que sí. Duele más de lo que se dice. Duele porque aún queda afecto, porque aún hay recuerdos que arden, porque uno no se va vacío: se lleva todo lo que quiso que funcionara. Pero duele más quedarse en un lugar donde el alma se marchita poco a poco, esperando gestos que ya no llegarán.
La distancia no siempre es abandono; a veces es un acto de amor propio.
Es mirarse con honestidad y reconocer que ya no hay nada más que hacer, que seguir insistiendo sería negarse a uno mismo.
Es decir: “di todo lo que pude, pero no puedo seguir perdiéndome en el intento de salvar lo que no quiere ser salvado”.
Así que no, uno no se aleja porque quiere. Se aleja porque se cansó de esperar, de hablar, de entender. Porque aprendió que amar también implica saber cuándo detenerse.
Y aunque el corazón quede con nostalgia y los recuerdos pesen, llega el momento en que el silencio vale más que cualquier intento.
Y entonces, sin dramatismos, solo con la serenidad del que ya comprendió, uno se marcha… no para olvidar, sino para empezar a sanar.
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