Qué difícil es aceptar que dimos un mal paso, que lo que hicimos o dijimos no fue lo mejor; pero lo que quizás muchos no sabemos es que en ese reconocer la culpa y enfrentar la equivocación, vamos dando pasitos hacia la perfección.
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Tener la capacidad de asumir nuestra fragilidad nos enseña a ser tolerantes y comprensivos con los demás; así aprenderemos a no juzgar ni señalar, a ponernos también en su lugar, pero sobre todo, asaber a perdonar.
Los seres humanos somos esa piedra en bruto en las manos del Gran Escultor; que para hacer de nosotros una gran obra quita con el cincel los pedazos que nos sobran. En ese proceso de transformación y renovación, se experimenta angustia, tristeza y desolación, por lo
que implica desprenderse, dejar ir, romperse, cambiar muchas cosas nuestras y aún así en medio de todo, poder en paz sonreír.
No se trata simplemente de hacer las cosas bien, muchos las saben hacer así y se quedan acomodados ahí; es necesario atrevernos a dar ese poquito más de nosotros que a veces nos cuesta entregar; y con
el tiempo caminar con pasos firmes que dejen huellas que otros se lancen a seguir.
Duele sentir que aunque nos esforzamos y buscamos la perfección, llega el momento en que fallamos y se desmorona lo que quizás con mucho esfuerzo, tiempo y trabajo quisimos construir; hay que aprender a levantarnos, recoger los escombros y volver a empezar,
una y otra vez, hasta que nuestras obras lleguen a buen fin.
Los seres humanos rechazamos nuestra miseria, lo que no sabemos es que Dios trabaja con ella y la transforma en una obra más perfecta y bella.
Desconozco autor
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