martes, 2 de julio de 2019

3 de julio: Aniversario del fallecimiento de Hipólito Irigoyen

El 3 de julio de 1933 falleció Hipólito Yrigoyen, político radical y ex presidente de la Nación. Sobrino de Leandro Alem, fue uno de los fundadores de la Unión Cívica Radical (UCR). Participó de las revoluciones radicales de 1893 y 1905 y luchó contra el fraude electoral que hacían los gobiernos conservadores. Tras la sanción de la ley Sáenz Peña, que permitió el voto secreto y obligatorio de los hombres, fue elegido presidente en 1916 y 1928. Derrocado por un golpe militar el 6 de septiembre de 1930, fue encarcelado en la isla de Martín García. Su fallecimiento, en Imponentes exequias de Hipólito Yrigoyen, texto del libro La Razón 1905-1980. Historia Viva, editado en su 75º aniversario por el matutino porteño.

“En una habitación pequeña, amueblada con sobriedad, sobre cuya sencilla cama pende en la cabecera un gran retrato de la Virgen, agoniza Hipólito Yrigoyen. Sólo le rodean unos pocos familiares en aquel mediodía del 3 de julio. A un costado, sobre una mesa de luz, brilla en la penumbra un crucifijo de plata. Afuera, en la calle Sarmiento, una multitud que se renueva constantemente, aguarda novedades. La entrada y salida de personalidades políticas desde la noche anterior, ha coincidido con noticias sobre el estado del ilustre paciente, que magnifica el comentario popular.
Sobre el filo de las 13, sollozos entrecortados imponen una tregua expectante. Poco después, con la cabeza descubierta, algunos ciudadanos entonan el Himno Nacional. En el umbral de una puerta, una anciana enciende velas a una estampa. Ha muerto el ciudadano que por dos veces ocupara el sitial de Rivadavia. Ese mismo día aparece el decreto de honores. A las 20, el doctor Izzo llega con el certificado de
defunción. Tras una breve consulta con los familiares, se resuelve embalsamar el cadáver. Una vez cumplida la tarea, se lo viste con el sayal de los padres dominicos y es colocado en un ataúd semicubierto por la bandera nacional. Anochece. La ciudad parece un remanso de silencio. Contraste tremendo con los tumultuosos días de setiembre de 1930. ¿Es éste el mismo pueblo de entonces? Ayer apostrofaba; hoy, reverencia… Imposible organizar el paso por la capilla ardiente. Es muy angosta la calle, muy pequeña la casa. Y son decenas de millares que afluyen de todos los barrios. Gente del pueblo, sencilla. Encumbrados dirigentes. Y mujeres y niños, con sus lágrimas.

El 6 de julio se realizaron las exequias. En la capilla ardiente se rezan responsos y a las 10 se hace necesario clausurar la entrada para que Fray Álvaro y Álvarez pudiera oficiar una misa de cuerpo presente. Recién pasadas las 12, se puso en marcha el cortejo. Imposible describirlo en su imponencia, como no sea recurriendo a las palabras de Belisario Roldán: ‘Va a haber que ensanchar las calles porque va a salir el pueblo’. Ni un espacio libre en las aceras y calzadas. Balcones colmados sobre la diagonal Sáenz Peña, decían también de la elocuencia del homenaje de Buenos Aires al caudillo que durante medio siglo influyó en el rumbo de la historia cívica nacional.
Los tramos entre Suipacha y Tacuarí y Avenida de Mayo, cuyos comercios aparecían cerrados, llevaron más de hora. Voces exaltadas quebradas por momentos el clima de la ciudad, impregnado de majestuoso respeto. Desde lo alto comenzaron a caer flores, hasta convertirse en una lluvia multicolor. Cuando la cabeza de la columna llegó al Congreso, todavía se seguía incorporando gente al cortejo en el punto de partida. Cuadras y cuadras de multitudes jamás vistas hasta entonces.
El féretro era llevado a pulso. Inmediatamente detrás, seguían 15.000 mujeres entre flores y banderas. Al enfilar la avenida Callao, el ataúd parecía navegar en un mar de cabezas. Casi cuatro horas después de iniciada la marcha, a las 15.55, llegaba a la Recoleta. Y por unos momentos, se aquietó la marejada humana para escuchar la palabra de los que iban a expresar el sentir de la ciudadanía. El primero en hablar fue Alvear. ‘No puedo callar mi emoción al ver partir para siempre al amigo que en cuarenta años aprendí a querer y a admirar. Como la cordillera Andina que destaca su cumbre en la vasta extensión del continente, Hipólito Yrigoyen es una cumbre inaccesible a las mezquindades que pretendan empañar su memoria, incorporada al panteón de nuestros próceres…’ Otras voces se sumaron luego. «Un hálito de estupor y de dolor cubre toda la República’, dijo el señor Talens: ‘Cumplió toda una vida de lucha fecunda por las libertades del pueblo’, ‘Amó a la patria —afirmó Antille— no en símbolos ni abstracciones, sino en la carne sufrida del pueblo. Era amigo de la paz continental, asceta en la vida, rústico en el ensueño y el secreto de su popularidad fue un sentimiento de amor. Mucha agua ha de pasar bajo los puentes antes de que aparezca un varón de su estirpe’. Se estaba allí haciendo su biografía. ‘El patriota que hoy entra en la inmortalidad —agregaba Pueyrredón— fue el intérprete de una gran ambición colectiva’.
Era alta la tarde cuando finalizó la ceremonia, coincidiendo con la caída del sol. Lentamente la multitud se disgregó, en retorno a sus hogares. Algunos grupos marcharon hacia el centro, al frente las banderas enlutadas entonando a media voz las estrofas del Himno Nacional. Las gentes en las aceras se descubrían respetuosas. Las luces del alumbrado anunciaron el fin del día, cuyo último resplandor iluminó a todo un pueblo reverente, en su saludo final al viejo caudillo.”

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