y también se va sin avisar.
Hoy la casa suena más vacía,
los pasitos ya no se escuchan,
y el alma siente el silencio.
Qué duro es despedirse
de quien solo supo darnos alegría, compañía y paz.
No era “un perro”.
Era mi confidente, mi abrazo después de un mal día,
mi pedacito de cielo en la tierra.
Su recuerdo vive en cada rincón,
en cada foto, en cada sonrisa que dejó.
Su amor se queda para siempre…
aunque ella ya no esté.
Publicación de Ronald Paredes
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