Y entenderlo no es fácil, suele llegar después de desilusiones, silencios largos y expectativas rotas. Porque nos enseñaron a buscarla afuera: en una persona, en una promesa, en una presencia que nos salve del vacío.
Pero nadie puede llenar lo que aún no aprendimos a habitar nosotros mismos.
Cuando la felicidad depende de alguien más, se vuelve frágil, inestable, temerosa. Vive condicionada a gestos, palabras y permanencias que no siempre están garantizadas.
En cambio, cuando nace desde adentro, se vuelve un refugio: no perfecta, no constante, pero real.
Es esa calma que aparece cuando aprendes a estar contigo sin huir, a escucharte sin juzgarte, a aceptarte incluso en tus días más grises.
No significa que no necesitemos a otros. Amar, compartir y acompañarse es parte de la vida. Pero nadie debería ser el centro de tu bienestar ni la única razón de tu sonrisa.
Quien llega a tu vida debería sumar, no sostenerte; acompañar, no completar lo que ya eres.
La verdadera felicidad es aprender a caminar solo sin sentirte vacío, a disfrutar tu propia compañía, a construir paz aunque el mundo afuera sea incierto.
Y cuando logras eso, quien se quede a tu lado no será una necesidad desesperada, sino una elección consciente.
Porque al final, cuando la felicidad vive dentro de ti, nadie puede quitártela… y cualquier amor que llegue será un complemento, no una salvación.
©️ D.R.
No hay comentarios:
Publicar un comentario