Ya no quiero los nervios en el estómago de la juventud, quiero la paz de un domingo por la tarde, que ya no tiene olor a ausencia.
Ya no quiero las resacas mal ganadas y las lágrimas al dormir de los desamores eternos, quiero la risa compañera de los amores urgentes, que tienen prisa porque saben, que ya no tienen la irreverencia de un niño que todavía cree que la vida es eterna.
Ya no quiero una canción distante, quiero la música corriendo por mis venas.
Ya no tengo tiempo para calesitas y montañas rusas, prefiero jugar al veo veo, sabiendo que para mirar, también es necesario aprender a ver lo que en verdad importa.
Ya no quiero hacerle asilo al cansancio de haber luchado de más en lugares donde no había una guerra, sino una bandera blanca que me pedía retirada.
Ya no quiero apagar el corazón para que no duela, quiero tenerlo encendido, cada segundo, en cada sombra, porque si algo no cambia con la edad es que el amor nos salva la vida, paradoja, que este mismo amor nos pueda acercar a la muerte, si no sabemos darlo a tiempo.
Ya no quiero pensar con la cabeza, lo que hay que sentir con el cuerpo y el corazón.
Ya no quiero,
ya no puedo ser tan irrespetuosa con la vida, que es un regalo irrepetible y efímero, somos tan solo polvo de estrellas en un inmenso universo, un granito de arena en la orilla, una semilla en una pradera.
No somos eternos, pero que ironía, somos un segundo de eternidad.
CinWololo
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