lunes, 29 de agosto de 2022

30 de Agosto: Santa Rosa de Lima

 Rosa, la primera santa de América, solía decir: “Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús”.


La rosa más bella del jardín 
Isabel Flores de Oliva nació en Lima (Perú) el 20 de abril de 1586 y fue bautizada el 25 de mayo de ese mismo año. Aunque su nombre era Isabel -puesto en honor a su abuela materna-, una india que servía a la familia empezó a llamarla de cariño “Rosa”, debido a la belleza del color de sus mejillas. 
Poco a poco, esa forma cariñosa de tratar a la niña sería adquirida por sus propios padres -aunque su uso se limitó inicialmente al entorno familiar-. Rosa recibió una esmerada educación, marcada por una profunda formación espiritual. Así es que tuvo noticia de la figura y legado de Santa Catalina de Siena, a quien admiraría el resto de su vida. 
A los once años Rosita tuvo que mudarse con su familia a Quives, pueblo ubicado en las serranías de Lima, a consecuencia de los problemas económicos acarreados por el fracaso de su padre en la explotación de una mina. Ciertamente, fueron tiempos difíciles para los Flores de Oliva, pero también de profusas bendiciones. 
Una de ellas sucedió en 1597: Santo Toribio de Mogrovejo,  entonces Arzobispo de Lima, en visita pastoral a Quives, le administró el sacramento de la Confirmación. De acuerdo a la costumbre, el confirmando podía recibir un nuevo nombre. Isabel pidió el de “Rosa”. 
  Crucificada con Cristo 
Al cumplir los 20 años, Rosa regresó a la capital del virreinato con su familia. La joven trabajaba buena parte del día en el huerto y durante la noche cosía ropa para las familias pudientes, con lo que ayudaba al sostenimiento del hogar. A pesar de esas dificultades, era una mujer muy feliz. Para entonces, ya dedicaba muchas horas a la oración y a la práctica de la penitencia. 
Su intenso amor por el Crucificado la inspiró para hacer un voto de virginidad. Ese amor crecía tanto más cuanto se esforzaba por ir a misa con frecuencia y recibir la comunión. Con naturalidad, su alma se iba abriendo a la dimensión mística y a la contemplación. Rosa, casi sin darse cuenta, se había convertido en signo de contradicción en medio de una ciudad que reflejaba poco su identidad cristiana, cuando no simplemente caía presa de la frivolidad. En una ocasión, su madre hizo una corona de flores y se la puso en la cabeza para lucirla en un evento social. Rosa no se sentía cómoda en esa situación y presionó una de las ramas de la corona, clavándose una de las horquillas; había decidido que esa sea su penitencia. 
Rosa aprendió a aprovechar este tipo de circunstancias para unirse a Cristo sufriente. Cuando una mujer halagó la suavidad de sus manos y la finura de sus dedos, apenas pudo cubrió sus manos con barro. Esas reacciones, difíciles de comprender para nosotros, respondían a una lógica muy distinta: Rosa era muy consciente de cuán difícil es dominar el amor propio y la vanidad, así como preservar su corazón exclusivamente para su esposo, el Señor Jesús.
Rosa realizaba intensos ayunos y pasaba las noches en vela haciendo oración por los pecadores, especialmente por aquellos que se cerraban a Dios. Se sometió a rigores físicos y a distinto tipo de mortificaciones, siempre con el deseo de alejar de sí las distracciones, ofreciendo lo que hacía por los más necesitados. A pesar de que sus padres intentaron casarla, ella se negó y defendió aquello que entendía como una vocación particular. 
Así, el 10 de agosto de 1606 ingresó como Terciaria en la Orden de Santo Domingo, inspirada por Santa Catalina de Siena, su “maestra espiritual”. Por sugerencia de un sacerdote dominico, aceptó que la llamaran Rosa de Santa María. 
  Mística y caridad 
Con la ayuda de su hermano Hernando, construyó una ermita en un rincón del huerto de su casa; allí oraba y se mortificaba. En su soledad, de jueves a sábado, comenzó a tener experiencias místicas como conocer los sufrimientos de la Pasión. Es cierto que Rosa pasaba gran parte del tiempo recluida en su ermita, pero no menos cierto es que salía siempre para ir a la iglesia de la Virgen del Rosario, o para atender a los enfermos abandonados y a los esclavos maltratados. En medio de esas labores fue que conoció a San Martín de Porres, con quien compartía el mismo afán de asistir a quienes, por su sufrimiento, eran otros Cristos, escarnecidos y llagados. Ambos santos se hicieron buenos amigos, compañeros en el ejercicio de la caridad. Rosa tenía el alma ardiendo de amor por Dios y por los hermanos. Se cuenta cómo su tono de voz cambiaba y su rostro se encendía cuando hablaba de Él; lo mismo cuando se ponía en presencia del Santísimo Sacramento o cuando comulgaba. 
Por supuesto, nada de esto la eximió de las incomprensiones, las burlas de muchos, de alguna falsa acusación o de un rumor. Como fuese, inevitablemente, los limeños habían empezado a reconocerla, amarla y a ver en ella una luz que irradiaba santidad.    




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