A 217 años del nacimiento de quien introdujo el romanticismo literario en esta parte de la región, compartimos parte de su obra, momentos de su vida y siete de sus poemas más notables.
José Esteban Echeverría Espinosa nació el 2 de septiembre de 1805, en
la Buenos Aires del entonces Virreinato del Río de la Plata. A los 20 años se
fue a vivir a París para completar sus estudios y, allí mismo, comenzó a interesarse por las modas
literarias del momento, sobre todo, la literatura inglesa y francesa.
La
estética romántica era la que recorría gran parte de Europa: aquella que
privilegiaba el estilo personal con originalidad, que prestara atención a la
forma, las emociones y sentimientos más que al contenido y la crudeza de la
realidad, como bien haría luego el naturalismo.
Cinco años
después, Echeverría regresó al país y comenzó a escribir su propia
obra. En 1832, publicó de forma anónima en un diario local, Elvira o la novia de Plata: un
texto en verso sobre la historia de amor entre Elvira y Lisardo, dos personajes
a los que embriagó de pasión, erotismo y sensualidad.
En ese fondo y forma
literarios ya estaba introduciendo aquel romanticismo que, a su vez, comenzó a
alejarse de la costumbre y tradición literaria que aquí circulaba por entonces.
Sin embargo, luego
escribió El matadero (1871),
publicado veinte años después de su muerte, el 19 de enero de 1851.
Considerado
el primer relato realista, se trata de una composición en la que
compara la escena de aquella práctica sangrienta que le da título al libro, con
el gobierno de Juan Manuel de Rosas. Según Echeverría, su gestión no hacía más
que atentar contra el progreso de la Nación y los ideales revolucionarios de
1810.
En 1837 publicó uno de los poemas más
conocidos de la literatura argentina, La cautiva. Allí,
relató todas las peripecias que sufren el soldado Brian y su mujer María, luego
de que fueran raptados por los indios.
Echeverría, en este poema,
retomó uno de los motivos literarios más famosos de la región, aquel que ya
había iniciado Bartolomé Hidalgo: el primer escritor, según la
historiografía literaria oficial, en dar inicio a la figura de la cautiva como
una inversión de la imagen del blanco europeo que domina y coloniza al moreno
nativo.
Con este texto lírico, dicen los que saben, introdujo ya de forma plena
el llamado romanticismo en las letras en esta parte de la región.
El autor también
escribió otras obras que, a veces, son menos conocidas debido al renombre que
cobraron El matadero y La cautiva. Entre ellos: Don Juan (1833); Himno
del dolor (1834); Al corazón (1835); Rimas (el
poema "La Cautiva" ocupaba la mayor parte de esta obra (1837); El
dogma socialista (1873); Insurrección del Sud de la
provincia de Buenos Aires en octubre de 1839 (1839), entre otros
tantos textos que lo convirtieron en una de las figuras más
destacadas de lo que se conoció como “la Generación del 37”.
Hay
quienes dicen que el texto de El dogma socialista fue inspirador y un texto
germinal para la redacción de la Constitución de 1853. Echeverría, además de su
producción literaria, se involucró en actividades políticas a través de las
cuales formuló distintas ideas basadas en el liberalismo y otras sobre algunos
aspectos en la educación.
Al ser perseguido
por los rosistas, se exilió en Montevideo, Uruguay, donde finalmente murió a
los 45 años.
LA AUSENCIA
Fuese el hechizo
del alma mía,
y mi alegría
se fue también:
en un instante
todo he perdido,
¿dónde te has ido
mi amado bien?
Cubrióse todo
de oscuro velo,
el bello cielo,
que me alumbró;
y el astro hermoso
de mi destino,
en su camino
se oscureció.
Perdió su hechizo
la melodía,
que apetecía
mi corazón.
Fúnebre canto
sólo serena
la esquiva pena
de mi pasión.
Doquiera llevo
mis tristes ojos,
hallo despojos
del dulce amor;
doquier vestigios
de fugaz gloria,
cuya memoria
me da dolor.
Vuelve a mis brazos
querido dueño,
sol halagüeño
me alumbrará;
vuelve tu vista,
que todo alegra,
mi noche negra
disipará.
Fuese el hechizo
del alma mía,
y mi alegría
se fue también:
en un instante
todo he perdido,
¿dónde te has ido
mi amado bien?
Cubrióse todo
de oscuro velo,
el bello cielo,
que me alumbró;
y el astro hermoso
de mi destino,
en su camino
se oscureció.
Perdió su hechizo
la melodía,
que apetecía
mi corazón.
Fúnebre canto
sólo serena
la esquiva pena
de mi pasión.
Doquiera llevo
mis tristes ojos,
hallo despojos
del dulce amor;
doquier vestigios
de fugaz gloria,
cuya memoria
me da dolor.
Vuelve a mis brazos
querido dueño,
sol halagüeño
me alumbrará;
vuelve tu vista,
que todo alegra,
mi noche negra
disipará.

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