El dibujante tenía 18 años cuando decidió incluirlo en las “Aventuras de Don Gil Contento”,
que se publicaba en la contratapa del diario
Crítica.
Un día antes, el diario prometía la llegada de un indio de nariz
prominente y fuerza descomunal que llevaba el nombre de CURUGUA – CURI GUA GÜI
GUA.
Al periodista Carlos Muzio Sáenz Peña no le gustó ese nombre, y le
aconsejó a Quinterno que usara uno más pegadizo, como la pasta de Orozú, que
era una golosina muy popular entre los chicos de entonces.
Así, quedaría bautizado para siempre como PATORUZÚ.
En la primera tira,
el cacique patagónico llegaba en tren a Buenos Aires, “la París de Sudamérica”.
"¡Por fin llegaste, Patoruzú!", fue la frase con la que recibió Don
Gil Contento a su millonario ahijado patagónico.
Nunca quedó claro por qué,
pero al día siguiente del debut, Quinterno abandonó Crítica, y aunque sus
trazos reaparecieron rápidamente en el diario La Razón, “el último de los
Tehuelches” tuvo que esperar para volver.
El dibujante viajó a perfeccionarse a los estudios Disney, y buscaba un
personaje que trascendiera las generaciones, al estilo del ratón Mickey.
Patoruzú reapareció un par de meses después y, gracias al éxito de este
personaje noble, inocente y generoso, la historieta empezó a llevar su nombre.
En el ´35 Quinterno creó el primer sindicato de dibujantes del país y
llevó sus personajes al diario El Mundo. Ahí, Patoruzú convivía con su padrino
Isidoro Cañones, un típico playboy porteño.
Uno amaba la naturaleza, la familia
y la patria, el otro: la noche, las mujeres y el juego.
Como publicación
independiente, “Patoruzú” llegó a vender 300 MIL ejemplares por semana y en el
36 se convirtió en la revista de mayor tirada de la Argentina.
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