La fecha coincide con el momento en que se registra la menor cantidad de horas de luz diurna y la noche más extensa del año. A partir de entonces, la duración del día comenzará a incrementarse gradualmente, hasta llegar al equinoccio de septiembre, que marcará el inicio de la primavera en nuestro hemisferio.
El término “solsticio” proviene del latín sol y sistere (“detenerse”) y describe el instante en que el Sol alcanza su máxima declinación aparente antes de invertir su recorrido anual.
Todos los años, cuatro fenómenos astronómicos marcan el cambio de las estaciones: los equinoccios dan comienzo al otoño y la primavera; y los solsticios, que inician el invierno y el verano, siempre de acuerdo al hemisferio en el que nos encontremos.
El invierno, una temporada que se caracteriza por las bajas temperaturas, menos horas de luz y, en consecuencia, los días más cortos.
Mientras el hemisferio sur inicia la estación invernal, el hemisferio norte da la bienvenida al verano y disfruta de la jornada más extensa del año.
Un mismo acontecimiento astronómico, dos realidades estacionales opuestas.
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