Porque la oración no es solo un pedido desesperado cuando duele,
también es un acto de gratitud cuando llega la calma.
Oramos cuando el alma está cansada, cuando no entendemos el silencio de Dios,
cuando las puertas parecen cerradas y la fe tiembla.
Pero también deberíamos orar cuando la vida sonríe,
cuando las cargas se alivian y los milagros, aunque pequeños, se hacen presentes.
A veces creemos que orar es insistir para que todo cambie,
cuando en realidad es permanecer para que no se nos olvide quién sostuvo todo
mientras esperábamos.
La oración no siempre cambia las circunstancias de inmediato,
pero siempre cambia el corazón que aprende a confiar.
Hay noches en las que orar es lo único que nos mantiene en pie,
cuando no hay palabras, solo lágrimas,
cuando el “Dios mío” sale quebrado, sin fuerzas,
pero sincero.
Y hay mañanas en las que todo parece ir mejor,
y aun así, debemos orar…
para no volvernos orgullosos,
para no pensar que fue solo suerte,
para no olvidar que la paz también es un regalo.
Ora cuando estés perdiendo,
ora cuando estés ganando,
ora cuando no entiendas,
y cuando creas entenderlo todo, ora todavía más.
Porque la fe no es un recurso de emergencia,
es una forma de vivir.
Y si hoy las cosas aún no salen bien,
sigue orando.
Y si ya están saliendo bien,
no te detengas.
Tal vez la oración no cambie el mundo de un día para otro,
pero sí cambia la manera en que lo atravesas…
con esperanza, humildad
y el corazón sostenido por Dios.
©️ D.R.
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