domingo, 25 de marzo de 2018

Lunes Santo. ¿Te conocemos, Señor?

Lunes Santo.
La Pasión de Jesús

La noche del domingo fue intensa para Jesús. Explica muchas cosas a los suyos, pero, sobre todo, reza. Su alma está en tensión.

La maldición de la higuera

También ayuna, su espíritu no se relaja. El lunes, al encaminarse de nuevo al Templo de Jerusalén, "sintió hambre". Pero en lugar de recurrir a los suyos pidiendo alimento, se dirige hacia un higuera buscándolo. Sabe que florecen hacia junio y raramente lo hacen en abril; pero le mueve un deseo intenso de que Israel dé buenos frutos, a pesar de todas la evidencias. Tiene hambre del amor de su pueblo y de todos los hombres. Pero aquel pueblo es como la higuera que tiene muchas hojas y ningún fruto. Y surge la ira profética como el relámpago en un cielo de tormentas, y clama hablando con el árbol, y más aún con su pueblo: "que nunca jamás coma nadie fruto de ti"(Mc). Los discípulos escuchaban sorprendidos.
Al día siguiente "Por la mañana, al pasar, vieron que la higuera se había secado de raíz". Los discípulos estaban acostumbrados a los milagros, pero esta vez se sorprenden, pues se dan cuenta que forma parte del mensaje de Jesús que les habla por medio de un símbolo. Un árbol frondoso y prometedor se ha secado casi de repente. "Y acordándose Pedro, le dijo: Rabbí, mira, la higuera que maldijiste se ha secado". Era como decirle explícanos esta nueva parábola unida a un milagro tan extraño. Jesús abre su alma y les explica algo esencial: el valor de la fe y la importancia del perdón y les contestó: "Tened fe en Dios". La necesitarán pues dentro de poco van a ver la debilidad de Dios, o mejor, un manifestarse del amor divino que se abajará al máximo para ganar la buena voluntad de los hombres. Para personas acostumbradas a considerar a Dios lleno de poder y majestad, es un escándalo verle humilde para vivir el misterio del perdón.

¿Te conocemos, Señor?

Hijo del pobre José,
pero rico y expresivo en tu lenguaje.
Hijo de la sencilla María,
y complicado en tu vida.
Hermano de tus hermanos,
y defensor de la verdad sin distinción.

¿Te conocemos, Señor?
Decimos quererte, y no entramos en Ti.
Decimos amarte, y no vivimos con el impulso de tu amor.
Decimos alabarte, y lo hacemos despegando los labios
pero, tal vez, sin abrir el corazón.
Decimos honrarte, y olvidamos que en el obrar,
es donde te damos gloria y comprometida alabanza.

¿Te conocemos, Señor?
¿Sentimos al que te envió?
¿Acogemos al que te hizo nacer pobre y niño en Belén?
¿Obedecemos al que te hizo obedecer subiendo a la cruz?
¡Creemos, Señor, pero aumenta nuestra fe!
Fe para verte como Hijo de Dios.
Fe para recibirte como el enviado del Padre.
Fe para dejarte compartir nuestra existencia.
Fe para transformarnos con el pan de la vida.
Fe para llenarnos de felicidad con el pan de la Eucaristía.
Amén.

P. Javier Leoz

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