En 1816 se estimó una población de
aproximadamente 40.000 personas, de los cuales un tercio eran habitantes de
color. Esta pequeña aldea sostendría los ejércitos de la Independencia y
ostentaría el orgullo de ser la única capital virreinal que nunca fue reconquistada
por las fuerzas realistas.
Postergada durante centurias por el
sistema comercial monopólico de España, a partir del decreto de libre comercio
de 1778 Buenos Aires inició un meteórico ascenso económico. La comparación de
los ingresos de la aduana de Buenos con los de Lima es impactante: en 1780, los
ingresos de la capital del Virreinato del Perú ascendieron a $345.600 y estaban
en franca decadencia; en 1783, a solo cinco años del libre comercio, la aduana
de Buenos Aires producía ingresos por $368.967.
En 1810 las rentas de la aduana porteña ascendían a $2.600.000!. Si se toman las exportaciones de cueros, núcleo del poder económico de la época, las cifras de crecimiento son igualmente asombrosas. Hasta 1778 la exportación se calculaba en 150.000 cueros anuales. Después de 1783, ese número había aumentado a 1.400.000. Por contrapartida, Córdoba apenas tenía ingresos por $70.000.
VIDA
COTIDIANA
La vida cotidiana era áspera en la
pequeña aldea de 1816. Las condiciones sanitarias eran muy malas y se
concentraba en formar médicos militares y cirujanos que servían en los
ejércitos patriotas. No extraña entonces que la antigua Escuela de Medicina del
Protomedicato se convirtiera en el Instituto Médico Militar, dirigido por el
doctor Cosme Argerich.
Una ventaja de Buenos Aires era la
amplia disponibilidad de agua que las carretas de los aguateros traían del río
y se vendía por las calles. En otras partes el agua era de pozo, de aljibe, de
lluvia. Por eso, era común que la gente se bañara en el río. Mientras se veía
trabajar a lavanderas, en su mayoría de color. No solo usaban jabón, sino que
golpeaban la ropa con paletas de madera y la secaban sobre la hierba.
Desde 1811 se celebraron en Buenos
Aires las "fiestas mayas", en conmemoración de la Revolución de 1810.
La gente de la ciudad se reunía en la Plaza Mayor, dividida por la vieja Recova
(se demolió en 1884), donde se realizaban distintos juegos. Uno de los más
populares eran los "palos enjabonados" que en la punta tenían
premios. Por la noche se escuchaba música, se bailaba y se disfrutaba de fuegos
artificiales. El candombe era la diversión preferida entre los esclavos de raza
negra.
Un espectáculo poco recordado eran las
corridas de toros. En 1791 el virrey Arredondo inauguró la pequeña plaza de
toros de Monserrat (ubicada en la actual manzana de 9 de Julio y Belgrano) con
una capacidad para unas dos mil personas. Pero fue quedando chica, así que fue
demolida y se construyó una nueva plaza para 10.000 personas en el Retiro en la
que alguna vez supo torear el teniente de Granaderos Juan Lavalle.
En Buenos Aires el juego de la Lotería
tenía amplia aceptación. Se jugaba los martes frente al Cabildo y con numeroso
público. Al igual que los billares, el dominó y el truquiflor, antecedente del
truco.
Sin embargo, el rasgo más decisivo de
la Buenos Aires que lideró la gesta de la Independencia fue su pasión por la
cultura. Los porteños harían de la cultura su razón de ser esencial. Buenos
Aires tenía la vitalidad natural de las regiones menos civilizadas, una virtud
que le permitió sobrevivir por sus propios medios y habituarse a pensar por sí
misma. Admira la forma en que los rioplatenses crearon de la nada una sociedad
abierta a las ideas de modernidad, su preocupación constante por estar a la
altura de los tiempos y la decisión indomable de forjar libremente su destino.
Como puerto de ultramar, como centro de
civilidad y progreso, como adelantada cultural, como ágora revolucionaria,
Buenos Aires inició la trayectoria histórica que construiría la Argentina
moderna.
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